domingo, 17 de mayo de 2009

distancia/memoria: el cine de Hirokazu Kore-eda (II)



En Distance, su película más distante, valga la redundancia, y también más difícil, asistimos al periplo de cinco personas al corazón de la memoria. Vagamente escrita y notablemente improvisada, cuestiona la frontera entre documental y ficción con más insistencia. En Distance, los protagonistas son personas con un hecho en común: los cuatro tenían un familiar que murió en una masacre perpetrada por una oscura secta religiosa (relativamente parecida a la Aum Shinrikyo, responsable de los envenenamientos con gas sarín en Tokyo - acontecimientos diligentemente retratados por H. Murakami en su reportaje Underground). En una búsqueda hacia la comprensión, y por tal de compartir la miseria, se embarcan en una excursión en el bosque que fue hogar de los miembros de esa secta. Ahí se topan con un antiguo sectario quien, como ellos, desea hacer las paces con su pasado. El remordimiento y el miedo emergen durante esas horas en el bosque, enmedio de los solitarios bosques de abedules, un lago en calma, la granja vacía donde vivieran los fanáticos. Los recuerdos son puramente implícitos, proporcionando vía libre al espectador para que imagine a su manera el horror acontecido sobre esas personas. La ambigüedad no es fortuita, pues se conjunta con el método de Kore-eda: el director proporcionó informaciones distintas a sus actores, provocando el conflicto y la improvisación. Le situaba en una escena determinada, con un trasfondo concreto, y les pedía que interactuaran en base a un tema. Kore-eda ha admitido la influencia de Cassavetes en este film particular, aunque también pueden notarse aires del dogma'95 (la cámara en mano, la ausencia de música, lo económico de la propuesta). Si uno considera el género documental como unaregistro en cámara de emociones y expresiones sobre un tema (personalmente generadas), entonces Distance es un documental; la gran diferencia siendo que su premisa es íntegramente ficcional.


Kore-eda rompería con fuerza el circuito de cine internacional con su siguiente film, Nobody Knows, que se estrenaría propiamente en disparidad de países. Prosigue con su interés por retratar unos hechos reales: en este caso, la historia de cuatro niños abandonados en un pequeño piso de Tokyo. El filme continúa elaborando los habituales temas obsesionados con la memoria. Aunque agradablemente retrata la ingenuidad del mundo infantil, y nos acerca substancialmente a los protagonistas, la trama es inevitablemente un viaje hacia el infierno de la subsistencia; en el fondo la pieza acaba por ser una meditación entorno el peso de la familia y su gris ausencia. La siguiente película de Kore-eda, Hana, es un estrambótico divertimento histórico situado a principios del siglo XVIII (y finales de la era Genroku) y protagonizado por un samurai zopenco en busca del hombre que mató a su padre. Una deconstrucción humanística del concepto de los samurais, que recuerda a ratos al vertedero social invocado por Kurosawa en Dodesukaden. Es difícil interpretar Hana en la filmografía de Kore-eda, pues no encontramos ningún motivo predominante, ni cambio, ni catarsis, probablemente porque intenta retratar una cotidianidad relativamente inclinada hacia la vertiente cómica de la vida - y, como se habrá visto, Kore-eda no está demasiado interesado en la comedia.



Curiosamente en su última película, Still Walking (Aruitemo, Aruitemo), se pone un especial énfasis en el humor, aunque de una manera totalmente naturalista, para nada forzada. El film abarca las veinticuatro horas que comprenden la congregación de tres generaciones de una família de clase media bajo el techo de la casa de los abuelos para commemorar el enésimo aniversario de la muerte del primer hijo barón. Probablemente sea esta uno de los mejores retratos familiares que se hayan pintado en el cine, japonés o no; capta perfectamente bien las dinámicas familiares, entiende las maneras con que resentimientos secretos tienden a acumularse y conflictos nunca resueltos se endurecen en remordimientos; pero también resalta esos momentos de luz y complicidad típicas de toda proximidad humana. El segundo hijo, un restaurador de arte sin trabajo, se presenta con su mujer, una vidua con hijo (se escuchan ecos de Maboroshi), una resolución doméstica que, conjuntada con la imposibilidad factible de alcanzar el ejemplo idealizado de su hermano muerto, lo sitúa en dudosa relación con sus parientes; mientras, su hermana planea mudarse con su propia família a la casa para cuidar de los ya gastados abuelos. La influencia de Ozu, que ya anticipaba su primer filme, se esclarece en los primeros minutos, cuando un plano de la ciudad nos muestra un tren que atraviesa la pantalla; los motivos ozuescos por excelencia, ya sea el advenimiento de la vejez, la separación entre los hijos y los padres y la futilidad de la vida familiar (hay una escena de retrato fotográfico que parece sacada de Bakushû, una de las mejores obras del maestro japonés), junto con una filmación serena y estática, se conjuntan con los de Kore-eda, es decir el peso de la memoria y los acontecimientos, y el encadenamiento con el propio pasado. Aunque "documenta" una situación familiar de un modo muy realista, lo cierto es que esa impresión tan cotidiana la consigue a través de un guión muy mesurado, para nada basado en explosiones, sinó en la deflección de esos impactos, a lo largo de los distintos ritos domésticos (como cocinar, bañarse, comer o pasear). Indudablemente Kore-eda ha alcanzado una nueva cima documental con esta pieza, un análisis humanístico y brutalmente afectivo de la vida de una familia entre millones de otras.

Kore-eda se ha paseado hace un par de jornadas por la Croisette, presentando su novísima película (fuera de competición en Cannes), Air Doll, que parece alejarse un poco de sus temas habituales; es la adaptación de un manga protagonizado por una muñeca inflable que se enamora de un dependiente de videoclub. El filme congrega los actores fetiche del director, Susumu Terajima y Arata, junto con la actriz koreana Bae Du-Na. Suena lo suficientemente histriónico (¡pintoresco!) y japonés como para congregar espectadores.

¡Ganbare, Hirokazu!

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